Colección de discursos agrupados numéricamente

3.1. El peligro

Esto he escuchado. En una ocasión el Bienaventurado estaba morando en la arboleda de Jeta del Parque Anathapindika, cerca de Savathi. Estando allí, el Bienaventurado se dirigió a los monjes: “Monjes”.

“Venerable Señor”, respondieron los monjes y el Bienaventurado continuó:

“Monjes, cualquier peligro que surge, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia. Cualquier calamidad que surge, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia. Cualquier desgracia que surge, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia. Al igual que el fuego que se inicia en la casa, a partir de las cañas o el pasto, y quema luego hasta la casa misma con su techo, los enlucidos interiores y exteriores, corrientes del aire, con los pernos fijados y persianas cerradas, así también, cuando surge cualquier peligro, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia. Cualquier calamidad que surge, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia. Cualquier desgracia que surge, surge por culpa de una persona tonta, no por culpa de una persona sabia.

“Monjes, mientras la persona tonta trae peligro, la persona sabia no trae peligro; mientras la persona tonta trae calamidad, la persona sabia no trae calamidad; mientras la persona tonta trae desgracia, la persona sabia no trae desgracia. He aquí, no hay peligro por parte de una persona sabia; no hay calamidad por parte de una persona sabia; no hay desgracia por parte de una persona sabia.

“Por eso, monjes, deberíais entrenaros a vosotros mismos de esa manera: ‘Vamos a evitar las tres características que posee alguien conocido como tonto, y vamos a comprometernos a practicar las tres cualidades que posee alguien conocido como sabio’. De esta manera, monjes, deberíais entrenaros a vosotros mismos”.