Colección de discursos agrupados numéricamente

5.50. Narada

En una ocasión el Venerable Narada estaba morando en el Parque del Gallo, cerca de Pataliputta. Fue entonces cuando murió la reina Bhadda del rey Munda, que fue muy querida y amada por él. Tal fue así que, desde que murió, dejó de bañarse, de ungirse, de comer y de trabajar. De día y de noche permanecía meditabundo sobre el cuerpo de la reina Bhadda. Entonces, el rey Munda se dirigió a su tesorero Piyaka: “Bien, amigo Piyaka, sumerja el cuerpo de la reina Bhadda en una tina llena de aceite y cúbrela con otro trozo de hierro para que podamos ver el cuerpo de la reina Bhadda aún por más tiempo”.

“Sí, señor”, respondió el tesorero Piyaka y sumergió el cuerpo de la reina Bhadda en una tina llena de aceite y la cubrió con otro trozo de hierro. Pero entonces esto se le ocurrió al tesorero Piyaka: “la reina Bhadda del rey Munda murió, y ella fue muy querida y amada por él. Tal es así que desde que murió, el rey dejó de bañarse, de ungirse, de comer y de trabajar. De día y de noche permanece meditabundo sobre el cuerpo de la reina Bhadda; ¿a cuál de los ascetas o brahmanes podría visitar al rey Munda, para que, al escuchar su Dhamma, abandonase el dardo de la tristeza?”. Entonces se le ocurrió esto a Piyaka: “El Venerable Narada está morando en el Parque del Gallo, cerca de Pataliputta. Y hay buenas referencias que circulan sobre él: ‘Que es sabio, competente, inteligente, instruido, un ingenioso orador, elocuente, maduro y que es un Arahant’. ¿Qué tal si el rey Munda visita al Venerable Narada? Tal vez, al escuchar su Dhamma, abandona el dardo de la tristeza”.

Entonces, el tesorero Piyaka se acercó al rey Munda y le dijo: “Señor, el Venerable Narada está morando en el Parque del Gallo, cerca de Pataliputta. Y hay buenas referencias que circulan sobre él: ‘Que es sabio, competente, inteligente, instruido, un ingenioso orador, elocuente, maduro y que es un Arahant’. Su majestad debería visitar al Venerable Narada. Tal vez, al escuchar su Dhamma abandona el dardo de la tristeza”.

“Bueno, amigo Piyaka, entonces informa al Venerable Narada. Porque ¿cómo uno pensaría en acercarse a un asceta o brahmán que vive en el reino de uno, sin primero informarle?”.

“Sí, señor”, respondió Piyaka y fue junto al Venerable Narada, le rindió homenaje, se sentó a un lado y le dijo: “Venerable Señor, murió la reina Bhadda del rey Munda, que fue muy querida y amada por él. Tal es así que desde que murió, dejó de bañarse, de ungirse, de comer y de trabajar. De día y de noche permanece meditabundo sobre el cuerpo de la reina Bhadda. Sería bueno, Venerable Señor, que el Venerable Narada enseñase el Dhamma al rey Munda de manera tal que pueda abandonar el dardo de la tristeza”.

“Que el rey Munda venga de acuerdo con su conveniencia”.

Entonces el tesorero Piyaka se levantó de su asiento, rindió homenaje al Venerable Narada y se retiró de allí, teniendo siempre al Venerable Narada a su lado derecho. Acto seguido fue junto al rey Munda y le dijo: “Señor, el Venerable Narada otorgó su consentimiento. Usted puede ir de acuerdo con su conveniencia”.

“Bien, amigo Piyaka, entonces prepara y engancha los carruajes más finos”.

“Sí, señor” respondió Piyaka y, habiendo preparado y enganchado los carruajes más finos, dijo al rey Munda: “Señor, los carruajes más finos han sido preparados y enganchados. Usted puede ir de acuerdo con su conveniencia”.

Entonces el rey Munda montó en un fino carruaje y, junto con otros carruajes, fue al Parque del Gallo a ver al Venerable Narada con todo el esplendor real. Usó el carruaje hasta donde le permitió el camino y bajó de él para entrar al Parque del Gallo a pie. Luego, se acercó al Venerable Narada, le rindió homenaje y se sentó a un lado. Acto seguido el Venerable Narada le dijo:

“Gran rey, he aquí que hay estas cinco situaciones que no pueden acontecer a un asceta, un brahmán ni a un deva, Mara o Brahma ni a nadie en este mundo. Y, ¿cuáles son esas cinco? Que lo que está sujeto a la vejez, no envejezca. Esta es la situación que no puede acontecer a un asceta o brahmán, a un deva, Mara o Brahma ni a nadie en este mundo. Que lo que está sujeto a la enfermedad, no se enferme. Esta es la situación que no puede acontecer… Que lo que está sujeto a la muerte, no se muera… Que lo que está sujeto a la destrucción, no sea destruido… Que lo que está sujeto a perderse, no se pierda. Esta es la situación que no puede acontecer a un asceta o brahmán, a un deva, Mara o Brahma ni a nadie en este mundo.

“Gran rey, una persona no instruida, común y corriente, sujeta a la vejez, mientras envejece no piensa así: ‘No solamente yo estoy sujeto al envejecimiento, sino que esto se extiende a todos los seres—del pasado y del futuro, los que murieron y los que van a nacer―, esto les pasa a todos los que están sujetos a la vejez: están envejeciendo. Y si experimentase la tristeza, el dolor y el lamento, si golpease mi pecho y estuviese confundido cuando la vejez llegue a lo que está sujeto al envejecimiento, entonces la comida perdería su atractivo para mí, mi cuerpo se volvería feo, mis asuntos no serían atendidos y mis enemigos estarían felices, mientras que mis amigos, tristes’. Así que, cuando la vejez finalmente le llega, él experimenta la tristeza, el dolor y el lamento; golpea su pecho y se queda confundido; la comida pierde su atractivo para él, su cuerpo se vuelve feo, sus asuntos no son atendidos y sus enemigos están felices, mientras que sus amigos, tristes. A este hombre, gran rey, se le llama una persona no instruida, común y corriente, penetrada con el ponzoñoso dardo de la tristeza, que se atormenta a sí mismo.

“Además, gran rey, una persona no instruida, común y corriente, sujeta a la enfermedad, mientras la enfermedad cae sobre ella…. sujeta a la muerte, muere… sujeta a la destrucción, se destruye… sujeta a perderse, se pierde y no piensa así: ‘No solamente yo estoy sujeto a perderse, sino que esto se extiende a todos los seres—del pasado y del futuro, los que murieron y los que van a nacer―, esto les pasa a todos los que están sujetos a perderse: se pierden. Y si experimentase la tristeza, el dolor y el lamento, si golpease mi pecho y estuviese confundido cuando la pérdida llegue a lo que está sujeto a perderse, entonces la comida perdería su atractivo para mí, mi cuerpo se volvería feo, mis asuntos no serían atendidos y mis enemigos estarían felices, mientras que mis amigos, tristes’. Así que, cuando la pérdida finalmente le llega, experimenta la tristeza, el dolor y el lamento; golpea su pecho y queda confundido; la comida pierde su atractivo para él, su cuerpo se vuelve feo, sus asuntos no son atendidos y sus enemigos están felices, mientras que sus amigos, tristes. A este hombre, gran rey, se le llama una persona no instruida, común y corriente, penetrada con el ponzoñoso dardo de la tristeza, que se atormenta a sí mismo.

“Pero, gran rey, un instruido noble discípulo, sujeto a la vejez, mientras envejece piensa así: ‘No solamente yo estoy sujeto al envejecimiento, sino que esto se extiende a todos los seres—del pasado y del futuro, los que murieron y los que van a nacer―, esto les pasa a todos los que están sujetos a la vejez: están envejeciendo. Y si experimentase la tristeza, el dolor y el lamento, si golpease mi pecho y estuviese confundido cuando la vejez llegue a lo que está sujeto al envejecimiento, entonces la comida perdería su atractivo para mí, mi cuerpo se volvería feo, mis asuntos no serían atendidos y mis enemigos estarían felices, mientras que mis amigos, tristes’. Así que, cuando la vejez finalmente le llega, no experimenta la tristeza, el dolor ni el lamento; no golpea su pecho ni queda confundido. A este hombre, gran rey, se le llama un instruido noble discípulo, que arrancó el ponzoñoso dardo de la tristeza que penetra a una persona no instruida, común y corriente, la cual se atormenta a sí mismo. Libre de la tristeza, libre de los dardos, el noble discípulo realiza el Nibbana.

“Además, gran rey, un instruido noble discípulo, sujeto a la enfermedad, mientras la enfermedad cae sobre él…. sujeto a la muerte, muere… sujeto a la destrucción, se destruye… sujeto a perderse, se pierde y piensa así: ‘No solamente yo estoy sujeto a perderse, sino que esto se extiende a todos los seres—del pasado y del futuro, los que murieron y los que van a nacer―, esto les pasa a todos los que están sujetos a perderse: se pierden. Y si experimentase la tristeza, el dolor y el lamento, si golpease mi pecho y estuviese confundido cuando la pérdida llegue a lo que está sujeto a perderse, entonces la comida perdería su atractivo para mí, mi cuerpo se volvería feo, mis asuntos no serían atendidos y mis enemigos estarían felices, mientras que mis amigos, tristes’. Así que, cuando la pérdida finalmente le llega, no experimenta la tristeza, el dolor ni el lamento; no golpea su pecho ni queda confundido. A este hombre, gran rey, se le llama un instruido noble discípulo, que arrancó el ponzoñoso dardo de la tristeza, la cual penetra a una persona no instruida, común y corriente, que se atormenta a sí mismo. Libre de dolor, libre de los dardos, el noble discípulo realiza el Nibbana.

“Estas son, gran rey, las cinco situaciones que no pueden acontecer a un asceta o brahmán, a un deva, Mara o Brahma ni a nadie en este mundo”.

No a través del lamento,
ni a través del dolor,
se ganan ciertos logros,
ni siquiera un poco.
Al conocer tu lamento y dolor,
tus enemigos se sienten gratificados.
Pero, cuando el sabio,
con la determinación, se fija en lo que es su logro,
no se conmueve frente al infortunio,
y sus enemigos se ven apenados,
cuando observan su rostro inmutable, como el de los antiguos.
Pero cuando el logro es obtenido
a través de elogios, cantos, buenos dichos,
donativos y costumbres familiares,
uno debería esforzarse en este camino de una u otra manera.
Pero cuando disciernes que tu propio logro,
o el de los demás,
no puede ser alcanzado de esta manera,
acepta esa situación sin dolor, con éste pensamiento:
“el kamma es fuerte, ¿qué más podría hacer?”.

Cuando se dijo esto, el rey Munda preguntó al Venerable Narada:

“Venerable Señor, ¿cuál es el nombre de esta exposición del Dhamma?”.

“Gran rey, esta exposición del Dhamma se llama la extracción del dardo de la tristeza”.

“¡Ciertamente, Venerable Señor, está es la extracción del dardo de la tristeza! ¡Ciertamente está es la extracción del dardo de la tristeza! Por haber escuchado esta exposición del Dhamma, abandoné el dardo de la tristeza”.

Luego el rey Munda dijo al tesorero Piyaka: “Bien, amigo Piyaka, entonces que el cuerpo de la reina Bhadda sea cremado y construido un montículo memorativo para ella. De hoy en adelante voy a bañarme, ungirme, voy a comer y trabajar”.