Colección de discursos agrupados temáticamente

Namarupa Sutta

12.58. El nombre-y-forma

En Savatthi. “Monjes, cuando uno mora contemplando la gratificación en las cosas que pueden encadenar, he aquí el descenso del nombre-y-forma. Con el nombre-y-forma como condición, la séxtuple base de los sentidos [llega a ser]. Con la séxtuple base de los sentidos como condición, el contacto. Con el contacto como condición, la sensación. Con la sensación como condición, la avidez. Con la avidez como condición, el apego. Con el apego como condición, la existencia. Con la existencia como condición, el nacimiento. Con el nacimiento como condición, la vejez-y-muerte, el dolor, el lamento, la pena, la angustia y la desesperanza. Tal es el origen de todo este montón de la insatisfacción.

“Imaginad, monjes, a un gran árbol con todas sus raíces alrededor administrando la savia hacia arriba. Sostenido por esa savia, nutrido por la savia, el gran árbol estaría allí por muy largo tiempo. De la misma manera, cuando uno mora contemplando la gratificación en las cosas que pueden encadenar, he aquí el descenso del nombre-y-forma… Tal es el origen de todo este montón de la insatisfacción.

“Monjes, cuando uno mora contemplando el peligro en las cosas que pueden encadenar, he aquí no se produce el descenso del nombre-y-forma. Con el cese del nombre-y-forma, llega el cese de la séxtuple base de los sentidos. Con el cese de la séxtuple base de los sentidos, llega el cese del contacto. Con el cese del contacto, llega el cese de la sensación. Con el cese de la sensación, llega el cese de la avidez. Con el cese de la avidez, llega el cese del apego. Con cese del apego, llega el cese de la existencia. Con el cese de la existencia, llega el cese del nacimiento. Con el cese del nacimiento, también cesa la vejez-y-muerte, el dolor, el lamento, la pena, la angustia y la desesperanza. Tal es el cese de todo este montón de insatisfacción.”

“Imaginad, monjes, a un gran árbol y a un hombre llegando allí con la pala y la cesta que cortara ese árbol de raíces, lo desenterrara, lo sacara fuera con las raíces, incluso, los pequeños desarraigos y las fibras de las raíces. Que cortara a ese árbol en pequeños pedazos, lo rajara en pequeñas piezas y lo redujera en astillas. Después secara esas astillas en el viento y en el sol, las quemara en el fuego y recogiera las cenizas. Habiendo hecho eso, esparciera las cenizas en contra de un fuerte viento o las dejaría arrastrar por la corriente del río. De esa manera, aquel árbol estaría cortado de raíces, hecho como el tronco de una palmera, borrado de tal manera que jamás volvería de estar sujeto a nuevos surgimientos.

“De la misma manera, monjes, cuando uno mora contemplando el peligro en las cosas que pueden encadenar, he aquí no se produce el descenso del nombre-y-forma… Tal es el cese de todo ese montón de la insatisfacción”.