Colección de discursos agrupados temáticamente

Gilana Sutta

47.9. Discurso sobre la enfermedad

Esto he escuchado. En una ocasión, el Bienaventurado estaba morando en Beluvagamaka de Vesali. Estando ahí, el Bienaventurado dijo a los monjes: “Vosotros, monjes, deberíais permanecer aún en Vesali, junto a sus amigos, conocidos o seguidores, y pasar ahí la estación de las lluvias. Yo, por mi parte, pasaré la temporada de las lluvias aquí, en Beluvagamaka”.

“Bien, venerable señor”, respondieron los monjes y entraron a Vesali, junto a sus amigos, conocidos o seguidores, para pasar ahí la estación de las lluvias, mientras que el Bienaventurado entró a Beluvagamaka para pasar ahí la estación de las lluvias.

Entonces, mientras transcurría esta temporada lluviosa, el Bienaventurado fue atacado por una severa enfermedad, con dolores tan agudos, que parecía que estaba a punto de morir. Pero el Bienaventurado lo enfrentó con la atención consciente y con una mente clara e impasible. Y se le ocurrió el siguiente pensamiento: “Ciertamente, no sería lo apropiado que llegase ahora mi pase final, sin que me dirija por última vez a mis seguidores y pida permiso al Sangha de los monjes. Necesito sobreponerme a esta enfermedad con la fuerza de voluntad y determinar la continuación del proceso vital para seguir viviendo”. Entonces, el Bienaventurado se sobrepuso a esta enfermedad con la fuerza de voluntad y determinó la continuación del proceso vital para seguir viviendo.

Entonces, el Bienaventurado se recuperó de su enfermedad. Tan pronto se haya sentido mejor, salió afuera y se sentó en el asiento preparado para él en frente de su vivienda. Entonces, el Venerable Ananda llegó junto a él, lo saludó respetuosamente, se sentó al lado y dijo: “¡Me siento muy afortunado, Venerable Señor, al ver al Bienaventurado otra vez confortable! ¡Qué afortunado soy, al ver al Bienaventurado, recuperado! ¡Es grato, Señor, verle otra vez aliviado! Por cierto, mientras estuve viendo al Bienaventurado enfermo, era como si mi propio cuerpo llegara a ser débil y enredado, todas las cosas a mi alrededor oscurecieron y mis sentidos me fallaron. Lo único confortable que tenía, era pensar que el Bienaventurado no iba a realizar su pase final, sin antes ofrecer instrucciones al Sangha de los monjes”.

“¿Qué más puede esperar de mí el Sangha de los monjes, Ananda? Yo había enseñando el Dhamma sin miramientos sobre si algo fuera esotérico o manifiesto: en cuanto a la doctrina se refiere, el Tataghata nada dejó oculto, como si lo pusiera en un puño cerrado. Si alguien pensara: ‘Yo me haré cargo del Sangha' o ‘el Sangha depende de mí, me pertenece', entonces esta persona sí debería ofrecer las instrucciones al Sangha. Sin embargo, Ananda, en el Tataghata, semejantes pensamientos no tienen lugar, ¿cómo entonces, podría el Tataghata aún ofrecer las instrucciones al Sangha? Yo ya soy débil, Ananda, entrado en edad, envejecido y venerable; soy alguien que ha atravesado ya el camino de la vida. He llegado al tope del espacio vital, el cual es de ochenta años. Y, al igual que una vieja carreta se sujeta con correas para que no se deshaga, así, también, el cuerpo del Tataghata está sujetado para que permanezca unido.

“Es solamente cuando el Tataghata aparta la atención de los signos externos, cuando cesan ciertas sensaciones y cuando permanece en la concentración mental sin signos, que este cuerpo se siente más confortable. Por lo tanto, Ananda, sé tú mismo una isla para ti, sé tu propio refugio y que no haya nadie más que sea tu refugio; con el Dhamma como tu único refugio. Y ¿cómo hace el monje para que se convierta en una isla para sí mismo, para que sea su propio refugio y no tenga nadie más que sea su refugio; con el Dhamma como su único refugio? Es cuando el monje permanece contemplando el cuerpo como un cuerpo, diligentemente, claramente consciente, atento, habiendo dejado atrás el deseo y la pena concernientes al mundo. Es también cuando permanece contemplando las sensaciones como unas sensaciones… la mente como una mente… los objetos mentales como unos objetos mentales, diligentemente, claramente consciente, atento, habiendo dejado atrás el deseo y la pena concernientes al mundo. Es así, como el monje se hace una isla para sí mismo, se hace su propio refugio y no tiene nadie más que sea su refugio; con el Dhamma como su único refugio.

“Aquellos monjes míos, Ananda, que ahora o después de mi partida, permanezcan como sus propias islas, sean su propio refugio sin que tengan a nadie más que sea su refugio, con el Dhamma como su único refugio, ellos alcanzarán lo más alto, si es que tengan deseo de aprender”.