Exclamaciones

2.10. Discurso con Bhaddiya

He aquí lo que yo he oído decir. Cierta vez el bhagavant se encontraba en la ciudad de Anupiya, en el Bosque de Mangos. En aquella ocasión el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, en donde se encontrara, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario pronunciaba repetidamente esta exclamación: «¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!»

Numerosos bhikkhus oyeron que el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, dondequiera se encontrara, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario, pronunciaba repetidamente esta exclamación: « ¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!» y, habiendo oído esto, pensaron: «Sin duda, el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, lleva la vida religiosa con descontento y, recordando la felicidad del poder real que tuvo en otro tiempo, cuando era un laico, dondequiera que se encuentra en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario pronuncia repetidamente esta exclamación: ¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!'»

Entonces los numerosos bhikkhus se acercaron a donde se encontraba el bhagavant y, habiéndosele acercado, saludando al bhagavant, se sentaron a un lado; sentados a un lado, aquellos bhikkhus le dijeron al bhagavant: «Señor, el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, dondequiera que se encuentre, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario, pronuncia repetidamente esta exclamación: ¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!' Sin duda, señor, el venerable Bhaddiya, hijo de Kâligodhâ, lleva la vida religiosa con descontento y, recordando la felicidad del poder real que tuvo en otro tiempo, cuando era un laico, dondequiera que se encuentre, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario pronuncia repetidamente esta exclamación: '¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!'»

Y el bhagavant le dijo a uno de los bhikkhus: «Anda tú, bhikkhu , llama al bhikkhu Bhaddiya en mi nombre, diciéndole:

'El maestro, amigo Bhaddiya, te llama'»

Diciendo: «Está bien, señor», aquel bhikkhu, obedeciendo al bhagavant, se acercó a donde se encontraba el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, y habiéndosele acercado, le dijo:

«El maestro, amigo Bhaddiya, te llama». Diciendo: «Está bien, señor», el venerable Bhaddiya, hijo de Kaligodha, obedeciendo a ese bhikkhu, se acercó a donde se encontraba el bhagavant y, habiéndosele acercado, saludando al bhagavant, se sentó a un lado; y el bhagavant le dijo al venerable Bhaddiya que estaba sentado a un lado:

«¿Es verdad que tú, Bhaddiya, dondequiera que te encuentres, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario pronuncias repetidamente esta exclamación: ¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!'?»

«Sí señor».

«¿Por qué razón, tú, Bhaddiya, dondequiera que te encuentres, en el bosque, bajo un árbol o en un lugar solitario pronuncias repetidamente esta exclamación: '¡Qué felicidad! ¡ Qué felicidad!'?»

«Señor, antes, cuando yo era un laico y ejercía el poder real, yo tenía guardias bien distribuidos incluso en el interior de mi palacio y en el exterior de mi palacio; yo tenía guardias bien distribuidos incluso en el interior de mi ciudad y en las afueras de mi ciudad; yo tenía guardias bien distribuidos incluso en mis dominios y en las fronteras de mis dominios. Y, a pesar de que yo estaba protegido y salvaguardado de tal modo, vivía atemorizado, inquieto, receloso, asustado. Ahora, señor, dondequiera que me encuentro, en el bosque, bajo un árbol, en un lugar solitario, aunque esté solo, vivo sin temor, tranquilo, confiado, sin miedos, despreocupado, en paz, con lo que los otros me dan, con mi mente libre como un animal del bosque. Es por esta razón, señor, que yo, dondequiera que me encuentre, en el bosque, o bajo un árbol o en un lugar solitario, pronuncio repetidamente esta exclamación: '¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad!'».

Los dioses no pueden alcanzar con la mirada
a aquel hombre en cuyo interior no existe cólera,
que está más allá de cualquier forma de existencia
o de inexistencia,
cuyos temores han cesado, feliz y libre de pena.